Cuando pensamos en el Modernismo, inequívocamente nos trasladamos al París del Art Nouveau, que es sin duda una de las más importantes influencias y además la más antigua. En el caso de Coruña veremos esa clara influencia del Art Nouveau, tanto francés como belga, si bien es verdad que lo que domina en la arquitectura modernista de A Coruña es la estética de la Secesión Vienesa.
Entre los rasgos comunes del Modernismo en los diferentes países europeos tenemos: la fascinación por el mundo femenino, reflejado en esos mascarones y cariátides a modo de ménsulas soportando balcones; la decoración orgánica en las fachadas, fusionando la naturaleza con la arquitectura; el uso de los nuevos materiales, fruto de una sociedad industrializada (hierro, hormigón) y la sustitución de las líneas rectas como soporte por líneas en movimiento. En resumen: un mundo simbólico cargado de fantasía.
Sin embargo en cada zona surgirán sus particularidades, acuñando según el país distintos nombres, si bien todos y cada uno de ellos nos transmiten la misma idea: un arte promovido por jóvenes idealistas que quieren romper con los estilos académicos que imperaban hasta el momento. Por lo tanto, lo que en España llamamos Modernismo corresponde en Francia y Bélgica con el Art Nouveau, en Alemania con el Jugendstil, en Gran Bretaña con el Modern Style o en Italia con el Liberty.
A finales del siglo XIX empiezan a manifestarse en Europa corrientes artísticas y filosóficas que nacen como respuesta a las dominantes tendencias positivistas. Al marcado realismo de la época anterior se opone una actitud que amplía la esfera del conocimiento más allá de los límites marcados por la razón. Es así como emerge el Simbolismo, que aspira a representar en sus obras (ya sean pictóricas, escultóricas o arquitectónicas) un mundo totalmente distinto del que percibimos con los sentidos, conectando con un mundo onírico y de ensueño, que enlazará posteriormente con las teorías freudianas del subconsciente.
Esta segunda mitad del siglo estaría marcada en Austria por el gobierno de Francisco José, emperador absolutista que, tras ordenar el derribo de las murallas medievales, transformará la ciudad de Viena con un estilo arquitectónico historicista basado en la imitación de estilos antiguos, creando así la famosa avenida imperial o Ringstrasse: había que demostrar con esta monumentalidad el poder de la capital del Imperio.
En este contexto, todo creador tenía que adherirse a la norma de la «Cooperativa de los Artistas Vieneses» o Casa de los Artistas, una organización conservadora y académica basada en una política que promovía una producción artística regida por el estilo «imperial», impermeable a las nuevas tendencias que triunfaban en ese momento en toda Europa bajo el signo del Simbolismo.
Y es entonces cuando surge una generación de jóvenes artistas que, rebelándose contra dichas normas, deciden romper radicalmente con el orden establecido y crear su propio estilo, saliendo de dicha Cooperativa y fundando su propio movimiento: la Sezession. Corría el año 1897 y, con los ecos todavía latentes de los valses de Strauss y la Marcha de Radetzky, empiezan a surgir aires de modernidad, y todo ello bajo la batuta de Gustav Klimt, que será nombrado el Presidente de la nueva asociación.
Entre los socios fundadores tenemos a grandes personajes del panorama artístico de la época, como el diseñador Koloman Moser (el creador de los Medallones Dorados de la famosa casa del mismo nombre), o los arquitectos Joseph Maria Olbrich y Joseph Hoffman (el mismo que construyó el Palais Stoclet en Bruselas).
Entre los motivos que alegaban para esta ruptura tan radical, tenemos en primer lugar el ansia de aquellos jóvenes por hacer salir al arte de su aislamiento, promoviendo el conocimiento de las corrientes internacionales a través de muestras y exposiciones, sin ninguna finalidad comercial. De esta manera, llegamos al segundo objetivo, que sería «educar» al público en el arte moderno y solicitar el interés de las instituciones.
Con un entusiasmo empapado de idealismo, se sienten llamados a cumplir una misión, es decir, a elevar el gusto y la comprensión estética del público y por lo tanto, de la sociedad entera, considerándose así los encargados de enseñar a la sociedad lo que realmente significa la «modernidad» y redimiéndola a través del arte.
En el caso de Coruña en cambio, no va a haber esa ruptura tan radical, sino que se fusionarán los fundamentos eclécticos de imitación con aquellas decoraciones modernistas de influencia vienesa, creando así unas espectaculares fachadas teatrales, que se convertirán en el escaparate del poder económico de la burguesía de la época, ansiosa por competir socialmente con la aristocracia local.
Arquitectos como Julio Galán o Antonio López se sentirán fascinados por esta «modernidad» y la plasmarán en sus nuevas creaciones a lo largo de la ciudad.
Los arquitectos vieneses van a manifestar una mayor sobriedad en las líneas que en el resto de Europa, predominando un estilo geométrico en el que combinan el cubo y la esfera en muchos de sus edificios: un claro ejemplo lo tenemos en los pabellones de metro construidos por Otto Wagner, dentro de la planificación de la red ferroviaria metropolitana, o en la propia sede de la Secesión.
El paralelismo en Coruña lo encontraríamos en esa modificación de las galerías en un todo unitario, formando una «caja» rectangular coronada por un arco triunfal, como vemos en la Casa Arambillet o en el edificio de la Calle Real nº 22.
Otro símbolo muy utilizado en el Modernismo Vienés es el disco solar cruzado con líneas transversales, como vemos por ejemplo en la famosa Casa Mayólica en la Linke Wienzeile, emblema muy recurrente en la mayoría de los edificios modernistas coruñeses, así como la adaptación del mismo disco solar engarzado entre hojas de roble.
En muchos casos se divide la esfera formando liras, representación también muy frecuente en nuestra arquitectura.
Según Otto Wagner, uno de los grandes de la Secesión, había una serie de aspectos muy importantes a tener en cuenta en la arquitectura moderna, como es la disposición simétrica en los edificios… algo que vemos con asiduidad en esas fachadas dispuestas simétricamente por una galería central, como en el edificio de La Llave en San Andrés, entre tantos otros…
Otra de las grandes premisas según Wagner era la concordancia entre arte y funcionalidad, como él mismo diría en muchas ocasiones:
«Aquello que no es práctico, nunca podrá ser bello.»
A la hora de planificar una ciudad es preciso detallar las necesidades de circulación, económicas e higiénicas. En ciudades donde los colores de las fachadas se ennegrecen debido a la contaminación ambiental o la humedad, se recurre al uso de formas sencillas e higiénicas, como porcelana, mayólica, piedra o mosaico.
En el caso coruñés vemos algunos casos en los que la fachada se reviste de azulejos, una solución sin duda funcional y estética al mismo tiempo, que cumple a la vez con otra de las leyes fundamentales de la arquitectura: «la duración eterna.»
Y por último, otra de las «maneras de construir moderna», según O. Wagner, era la aplicación de soportes de hierro para aguantar el peso de cornisas y/o miradores, tal como vemos en la Casa Rey de Puerta Real o en el edificio de la Plaza de San Nicolás, obra de Ricardo Boán.
En una época en la que a los que salían de la Escuela de Arquitectura les hablaban del Modernismo como un «arte maldito», podríamos afirmar más que nunca aquello de que «las generaciones definen estilos, y los estilos definen generaciones.»
Y como no recordar el lema de aquellos jóvenes vieneses, grabado en letras doradas en la fachada del edificio de la Sezession:
«A cada tiempo su arte, y a cada arte su libertad.»